Por Amado Ríos Valdez
Director General de Evaluación de Impacto y Regulación Ambiental
Secretaría de Medio Ambiente de la CDMX
El calor asfixiante que hoy golpea desde Hermosillo hasta la Ciudad de México o Tuxtla Gutiérrez no es un accidente climático, sino el síntoma de un diseño urbano que ha ignorado sistemáticamente a su mejor aliado: el árbol. Mientras el concreto devora el horizonte mexicano, la ciencia y los organismos internacionales lanzan un veredicto que ya no permite medias tintas. El arbolado urbano, la “tecnología verde”, es la tecnología más avanzada y barata que tenemos para enfriar el planeta, pero en México lo hemos tratado como un simple adorno de banqueta, como si solo se tratara de ornamento. La Organización Mundial de la Salud y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente han trazado una hoja de ruta técnica que exige que nuestras metrópolis dejen de ser selvas de cemento para convertirse en infraestructuras vivas, donde la sombra verde sea tan vital como el drenaje.
𝗠𝗘𝗧𝗥𝗢𝗦 𝗗𝗘 𝗔́𝗥𝗘𝗔 𝗩𝗘𝗥𝗗𝗘 𝗨𝗥𝗕𝗔𝗡𝗔 𝗣𝗢𝗥 𝗛𝗔𝗕𝗜𝗧𝗔𝗡𝗧𝗘
Durante décadas se ha repetido en los discursos políticos de nuestro país que la Organización Mundial de la Salud exige entre nueve y quince metros cuadrados de áreas verdes por habitante. Si bien no se trata de una normativa oficial, se trata de una recomendación que algunos expertos de la OMS postularon hace años y se quedó como estándar internacional. En realidad, la normativa internacional ha evolucionado desde una cifra matemática fría hacia una visión mucho más humana y flexible. Según el histórico Informe Técnico número 297 de 1965 del Comité de Expertos de la OMS, la organización ya advertía que es imposible expresar en términos matemáticos simples los criterios aplicables a la necesidad de zonas verdes. En ciudades como la capital mexicana y su área conurbada, donde apenas se cuentan 33.1 kilómetros cuadrados de áreas verdes, si bien la mayoría se encuentra en las zonas rurales o suelo de conservación, para más de 20 millones de habitantes, la recomendación moderna de la OMS ya no se centra en la cantidad total, sino en la equidad del acceso. Lo fundamental hoy no es cuánta área verde tiene la ciudad en su conjunto, sino que un habitante de Iztapalapa o de Ecatepec tenga un espacio verde de calidad a no más de trescientos metros de su casa, una regla de accesibilidad que en México se rompe en casi todas las periferias.
𝗣𝗢𝗥 𝗦𝗔𝗟𝗨𝗗 𝗬 𝗣𝗢𝗥 𝗔𝗖𝗨𝗘𝗥𝗗𝗢 𝗖𝗢𝗡𝗦𝗧𝗜𝗧𝗨𝗖𝗜𝗢𝗡𝗔𝗟: 𝗠𝗘𝗗𝗜𝗢 𝗔𝗠𝗕𝗜𝗘𝗡𝗧𝗘 𝗦𝗔𝗡𝗢
La salud mental y física es el eje central de las directrices globales, y en México esto tiene un respaldo legal de peso. La ciencia moderna, alineada con la definición de salud de la OMS de 2006 como un estado de completo bienestar biosicosocial, sugiere que vivir entre árboles reduce drásticamente los niveles de cortisol y las enfermedades respiratorias. En nuestro país, el Artículo 4° de la Constitución Política garantiza el derecho a un medio ambiente sano para el desarrollo y bienestar de las personas. Esto significa que parques como el Naucalli en el Estado de México o las reservas en Ciudad Universitaria no son lujos, sino cumplimientos de una garantía social. La presencia de biodiversidad urbana, como la actividad de murciélagos y aves en zonas arboladas de la Ciudad de México, es un indicador de un ecosistema que protege la salud pública de los ciudadanos, funcionando como una vacuna natural contra el colapso sicológico de la vida moderna.
𝗘𝗟 𝗗𝗜𝗖𝗧𝗔𝗠𝗘𝗡 𝗗𝗘 𝗟𝗔𝗦 𝗡𝗔𝗖𝗜𝗢𝗡𝗘𝗦 𝗨𝗡𝗜𝗗𝗔𝗦 𝗬 𝗘𝗟 𝗙𝗜𝗡 𝗗𝗘𝗦𝗘𝗔𝗕𝗟𝗘 𝗗𝗘 𝗟𝗔𝗦 𝗣𝗢𝗗𝗔𝗦 𝗖𝗥𝗜𝗠𝗜𝗡𝗔𝗟𝗘𝗦
Desde la perspectiva del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el enfoque ha girado radicalmente hacia la restauración de ecosistemas y la circularidad. En su reciente guía técnica titulada Incorporación de la circularidad a las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional de 2023, el PNUMA destaca que no bastan los parches verdes aislados, sino que se requiere integrar la naturaleza en la economía urbana. Para México, esto implica un cambio drástico en la dasonomía urbana. Ya no se aceptan las podas drásticas que mutilan los fresnos o las jacarandas en nuestras avenidas bajo el pretexto de librar cables, si bien la lucha por que se cumpla esta normativa es diaria y compleja. La normativa mundial invita a transitar hacia un manejo profesional donde los residuos de poda se reintegren al suelo y se prioricen especies nativas. El PNUMA propone que cada árbol sea visto como un activo ambiental que captura carbono y limpia el aire, una lección que manuales locales de Ciudad de México, Chihuahua o Zapopan ya empiezan a replicar para evitar la muerte lenta de nuestro patrimonio arbóreo.
𝗜𝗡𝗙𝗥𝗔𝗘𝗦𝗧𝗥𝗨𝗖𝗧𝗨𝗥𝗔 𝗩𝗘𝗥𝗗𝗘 𝗬 𝗔𝗭𝗨𝗟 𝗖𝗢𝗡𝗧𝗥𝗔 𝗘𝗟 𝗜𝗡𝗙𝗜𝗘𝗥𝗡𝗢 𝗧𝗘́𝗥𝗠𝗜𝗖𝗢
Uno de los desafíos más críticos para México es el efecto de isla de calor urbana, donde las temperaturas en zonas densas pueden ser hasta diez grados más altas que en la periferia. Ante esto, las nuevas normas mexicanas como la NOM-001-SEDATU-2021 y la NOM-004-SEDATU-2023 están alineadas con las recomendaciones internacionales para implementar infraestructura verde y azul. Esto significa que las calles ya no deben ser solo canales para autos, sino corredores biológicos que combinen vegetación estratégica con gestión de agua de lluvia. La colocación de árboles lineales en camellones y banquetas, según el PNUMA, reduce drásticamente la demanda de aire acondicionado y previene muertes por golpes de calor en ciudades críticas como Hermosillo, Mérida, Tapachula o Monterrey. La vegetación deja de ser un accesorio decorativo para convertirse en una pieza de ingeniería viva indispensable que permite que la ciudad respire y se enfríe de forma natural.
𝗘𝗟 𝗗𝗘𝗥𝗘𝗖𝗛𝗢 𝗔 𝗟𝗔𝗦 𝗔́𝗥𝗘𝗔𝗦 𝗩𝗘𝗥𝗗𝗘𝗦 𝗨𝗥𝗕𝗔𝗡𝗔𝗦 𝗖𝗢𝗠𝗢 𝗡𝗨𝗘𝗩𝗢 𝗘𝗦𝗧𝗔́𝗡𝗗𝗔𝗥 𝗗𝗘 𝗝𝗨𝗦𝗧𝗜𝗖𝗜𝗔 𝗦𝗢𝗖𝗜𝗔𝗟
El cierre de este debate global nos sitúa en una encrucijada de justicia social: en México, la sombra de los árboles se ha convertido en un marcador de clase. Las directrices de la Agenda 2030 y los objetivos de desarrollo sostenible marcan que el futuro de nuestras ciudades depende de democratizar y socializar el verde urbano. La Gaceta Oficial de la Ciudad de México de diciembre de 2020 ya establece lineamientos estrictos para la protección del arbolado, pero el reto es que estas normas se apliquen con rigor técnico en todo el territorio nacional, además de ampliarlas, mejorarlas y profundizarlas. Una ciudad que permite que sus árboles se sequen o que sus parques se privaticen está planeando su propio colapso térmico. Aquellas urbes mexicanas que apuesten por transformarse en verdaderos bosques urbanos, respetando los ciclos biológicos y la ciencia de la arboricultura moderna, son las únicas que podrán ofrecer una vida digna y fresca a las próximas generaciones de mexicanos que heredarán este asfalto. ¿Qué ciudades queremos?